“¡Cómo pasa el tiempo!”, es lo primero que dice la Dra. Doris Soto al ser consultada por el periodo de tiempo en que se desempeñó como senior aquaculture officer en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), cargo con sede en Roma (Italia) y donde tuvo la responsabilidad de dirigir el área de Medio Ambiente.

No por nada fueron más de once años desde que se alejó en 2005 de su trabajo en la Universidad Austral de Chile (UACh), sede Puerto Montt (Región de Los Lagos), para comenzar a aportar a la actividad acuícola global y jugar un rol destacado en la disminución de los impactos ambientales y sociales que tiene la actividad cultivadora en sistemas costeros y cuerpos de agua de los cinco continentes.

De regreso a su país natal, la Dra. Soto reconoce que no quería volver a emplearse a tiempo completo y, por esto, “me quedé con una atractiva oferta realizada por el INCAR (Centro Interdisciplinario para la Investigación Acuícola), lo que me permite seguir aportando a la actividad pero de una forma más flexible pues seguiré apoyando a la FAO en algunas iniciativas. De hecho, lo puedo hacer desde mi casa en Puerto Montt (Región de Los Lagos)”, asevera la investigadora cuyo nombre y trabajo aparece en un sinfín de documentos científicos.

¿Qué hará en el INCAR? “Mi cargo es de investigador senior y el objetivo es ayudarlos a coordinar líneas de investigación multidisciplinarias en relación con el cambio climático y el enfoque ecosistémico de la acuicultura”, apunta y rápidamente aclara que seguirá manteniendo una relación con su antigua alma mater, “ya que la UACh es parte del INCAR”.

¿Específicamente, qué labores realizó en la FAO?

En el ámbito de la pesca, la FAO había comenzado a desarrollar un enfoque ecosistémico que permitió crear directrices dentro del ámbito del Código de Conducta para la Pesca Responsable. En este documento, que es una guía global nacida hace más de 20 años, se dedicaba un pequeño capítulo referido a la acuicultura. Sin embargo, con la mayor importancia que ha adquirido la actividad cultivadora, me solicitaron desarrollar unas directrices más acordes con el sector en apoyo a la implementación del Código de Conducta.

De igual forma, me pidieron mejorar un instrumento de consulta que la FAO hace a los gobiernos cada dos años y que se relacionan con el cumplimiento del Codigo dentro del área de la acuicultura.

Durante los últimos ocho años también trabajé activamente abordando el tema de cambio climático y acuicultura, incluyendo adaptación y mitigación.

Según su experiencia, ¿cuáles son los principales impactos que tiene la acuicultura a nivel global?

Históricamente se ha argumentado mucho en relación con los impactos del cultivo de camarón en los manglares, si bien en el último tiempo se han generado importantes movimientos para controlar e, incluso, recuperarlos. También existen impactos ambientales sobre zonas costeras por eutrofización, lo que se podría ver incrementado por el cambio climático. Además el uso de químicos, antibióticos y otros son aún de preocupación, como también el escape de organismos en cultivo.

Pero, de todas formas, ha aumentado la conciencia a nivel global para disminuir los efectos de esta actividad y estamos viendo un mejoramiento en el manejo y mayor consideración a los impactos ambientales y sociales.

¿Qué rol están jugando los consumidores en los menores impactos ambientales?

El rol de los consumidores ha aumentado muchísimo y cada día se está volviendo más relevante, sobre todo porque especies como el camarón, salmón y tilapia van a los mercados de todo el mundo. Los consumidores están cada vez más informados sobre los impactos ambientales y sociales.

De todas formas, todavía queda por avanzar en la mayoría de los países especialmente en aquellos más pobres en los cuales a menudo el tema ambiental no es tan restrictivo.

¿Y cómo se advierte el tema del uso de los anbitióticos?

A nivel mundial es un tema complicado. En muchos países, por ejemplo economías emergentes en Asia, aún se ocupan antibióticos como profilaxis y este es un problema. Ahora, la industria está obligada a enfrentar el desafío de un manejo sanitario más cuidadoso y preventivo con mayor capacitación para reducir su uso.

Tengo la impresión (pero no soy experta en el tema) de que en Chile no se ha avanzado mucho por una falta de coordinación. Se ven muchas entidades u organizaciones trabajando en el tema pero sin una estrategia común.

Es destacable que existe una presión enorme por solucionar este problema y, desde los productores, existe mayor conciencia por encontrar soluciones. Incluso desde los países menos desarrollados.

Un reciente informe del INCAR aseveró que el impacto económico de los centros de cultivo de salmónidos en Chile en las zonas donde están presentes es muy bajo. ¿Cree que esto pasa en otros países?

Efectivamente parece ser bajo en los países más desarrollados, pero no es así en Asia y gracias a la acuicultura de pequeña escala. Es enorme el impacto económico local que tienen los pequeños centros de cultivos en lugares como Vietnam, Tailandia, India o Bangladesh. En este último, por ejemplo, hemos apreciado que en muchos lugares los granjeros se está cambiando desde el cultivo de arroz a los camarones porque estos últimos son mucho más rentables.

Solo destacar que, en el caso de Chile, se aprecia una tremenda influencia económica ampliada de la acuicultura en algunas ciudades de Chiloé o el mismo Puerto Montt. En diez años han cambiado muchísimo.

¿Cómo advierte la relación de la industria con las comunidades circundantes?

Hemos visto una creciente animosidad en algunos países. Ya conocemos el caso de Chile pero esto también se está viviendo en países como Noruega. Allí, en muchos lugares costeros, los habitantes no están muy contentos de ver las balsas-jaula frente a sus casas y suelen percibir un sector más bien arrogante. Afortunadamente, la densidad poblacional es baja y muchos centros están alejados. Ni mencionar la situación de competencia entre la acuicultura y el turismo en el Mediterráneo.

Quizás esto está pasando porque la población no aprecia una involucración local. No han sido consultados y se sienten marginados del uso del borde costero y estos temas, precisamente, son los que abordamos cuando se hacen los planes de manejo acuícolas con un enfoque ecosistémico. Estos esquemas van mucho más allá de lo que se hace, cuando se solicita una Evaluación de Impacto Ambiental individual puesto que se considera el conjunto de centros de cultivo más otras actividades y se toman aspectos ambientales y sociales.

¿Cree que estos temas terminarán encareciendo a la acuicultura y que, por lo mismo, la actividad no cumpla con el desafío de “alimentar al mundo”?

Esto se puede abordar desde varios aspectos. Por un lado está la transferencia tecnológica que se puede hacer desde industrias desarrolladas a otras que están en vías de desarrollo. En este sentido, yo facilité un convenio entre la FAO y la Global Salmon Iniciative (GSI) para abordar -entre otras cosas- la reducción del factor de conversión del alimento desde la experiencia de la salmonicultura hacia especies masivas como la carpa y la tilapia. Creo que ahí podríamos lograr disminuir un impacto ambiental a nivel global con enormes consecuencias para la alimentación y desarrollo económico.

Pero también se deben potenciar los cultivos de especies más amigables con el medio ambiente, como los moluscos bivalvos o las algas, que creo se irán popularizando con el tiempo en la medida que los consumidores entiendan su valor alimenticio y menores impactos ambientales.

Pero si bien es efectivo que los costos y precios en general de los productos acuícolas podrían ir aumentando, también debemos considerar el mayor número de trabajos y el mejoramiento en la calidad de vida de las personas que se relacionan con la actividad.

En el último tiempo se ha apreciado un aumento de fenómenos como las floraciones algas. Independiente de su relación con el cambio climático, ¿cómo la acuicultura puede abordar estas situaciones?

Es posible que algunas personas piensen que no hay cambio climático, pero más vale pensar que sí existe porque, si lo obviamos, podríamos perderlo todo. Es mejor que estemos preparados ya que, además, todas las medidas de adaptación que se proponen para la acuicultura son buenas de todas maneras.

Deberíamos mejorar la gestión y manejo productivo, considerar evaluaciones de capacidad de carga y potencial efecto sobre el fitoplancton. En definitiva, deberíamos contar con un sistema de monitoreo ambiental integrado, que considere más allá de lo que sucede en un determinado centro de cultivo, incluyendo áreas que no tienen centros de cultivo, para poder estimar si existe un efecto adicional de la acuicultura. Ello permitirá tomar medidas más acertadas considerando el potencial efecto de la actividad, la complejidad de los ecosistemas y su funcionamiento. Desde luego, esta idea no es nueva pero está lejos de ser implementada a nivel global, tampoco en Chile hasta donde entiendo.

Precisamente, temas que abordará en su nuevo trabajo al interior del INCAR…

Claro. Espero promover una aproximación multidisciplinaria a los desafíos de la variabilidad climática y cambio climático para la acuicultura aprovechando las notables competencias de las cinco líneas de investigación del INCAR. ¿Cómo agregamos este factor a temas como enfermedades existentes, nuevas enfermedades y parásitos, mareas rojas? o ¿dónde irán los nutrientes excedentes de la acuicultura y cómo estos se pueden absorber en sistemas integrados a nivel espacial? ¿Cómo integramos la acuicultura con la pesca artesanal incluyendo repoblamiento, bajo diferentes escenarios climáticos? En estos últimos temas tener la oportunidad de abordarlos con un enfoque ecosistémico a la acuicultura en planes de manejo en algunas áreas piloto. Para esto estamos buscando fuentes de financiamiento y proyectos internacionales, cooperación con la industria, entre otros.