El presidente (por segundo periodo) de la Sociedad Chilena de Acuicultura (SChA), Antonio Vélez, es profesor de Estado en Biología y Ciencias de la Universidad de Chile y máster en acuicultura. Por 33 años trabajó en el Área de Recursos Marinos de Fundación Chile (FCh) y, de hecho, en 2004 pasó a ser director de Acuicultura de la mencionada área, con el objetivo de estimular la industria de los cultivos hidrobiológicos.

En ese largo camino, Vélez trabajó en la producción comercial de semillas de ostra del Pacífico (Crassostrea gigas), en el cultivo de turbot o rodaballo (Scophthalmus maximus), de hirame (P. olivaceus) y en el manejo de ploidía de la ostra y ostión del norte (Argopecten purpuratus), solo por mencionar algunas de las experiencias en las que centró sus esfuerzos.

Al interior de la FCh, Vélez también avanzó en la engorda experimental de corvina (Cilus girberti) en balsas-jaula ubicadas en la bahía de Tongoy (región de Coquimbo); el desarrollo de la tecnología para la producción de juveniles de dorado (Seriola lalandi), y la producción de juveniles y engorda de lenguado nativo (P. adspersus) y lenguado japonés.

Cuando Vélez se alejó de Fundación Chile, empezó a compartir su experiencia y conocimientos a través de diversas asesorías pero manteniendo siempre el mismo foco que lo ha motivado en los últimos años: la diversificación acuícola en el norte grande del país. Desde su cargo en la SChA, este acuicultor saluda a los colegas y analiza la actividad.

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¿Cuál diría que es el principal aporte que ha realizado la acuicultura al país?

La acuicultura ha desarrollado una nueva industria en el país, una industria productora de carne de pescado a partir de animales cultivados, y no “cazados” o pescados, como fue históricamente en nuestro país hasta la década de 1980. Una industria moderna que permite una producción controlada y trazada de recursos pesqueros. Una industria que, en el caso de la acuicultura del salmón en la zona sur, ha abierto miles de plazas de trabajo que no existían, en zonas alejadas, donde las posibilidades de desarrollo para los locales eran bastante limitadas. Lo mismo aplica en el caso de otros recursos, por cierto a otros niveles, en el caso de choritos, abalones, ostiones y algas, entre otros.

Este desarrollo ha permitido disponer de una biomasa de recursos marinos de reconocida calidad nutricional y económica, lo que ha permitido posicionar a la industria acuícola-pesquera como el tercer sector exportador del país, detrás del cobre y las frutas.

Esta importancia creciente de la acuicultura nacional como industria alimentaria en la economía del país debe ser cuidada y, por lo mismo, protegida desde la propia industria, orientándola fuertemente a avanzar cada día más sobre pilares modernos de sustentabilidad, ambiental, económica y social.

Estos pilares serán la base del desarrollo acuícola mundial para las siguientes generaciones; y la comunidad, las autoridades sanitarias, políticas y los propios productores, los primeros interesados en disponer y mantener un medio ambiente sano, limpio y carente de contaminación, deben trabajar en ese sentido.

Hoy, por cada 10 kilos de pescado que el país produce, 3 kilos vienen de la acuicultura. Hace diez años, de 10 kilos producidos, solo uno era producido por actividades acuícolas.

¿Qué falta para que la acuicultura se desarrolle más fuertemente en el norte del país?

Se estima que las especies de peces y moluscos seleccionados para avanzar hacia la diversificación acuícola en la macrozona norte son las apropiadas desde el punto de vista comercial. Algunas de ellas ya completaron su desarrollo piloto y están en condiciones de iniciar un escalamiento productivo. Para ello es necesario incentivar a inversionistas interesados en el negocio acuícola, más allá de la industria salmonicultora. Probablemente inversionistas del mundo minero, agropecuario, pesquero nortino, incluso inversionistas de países vecinos que ven la necesidad de producir volúmenes interesantes de pescado de calidad para un mercado regional compuesto por nuestro propio país, Perú, Brasil y Argentina. Todos estos países demandan productos del mar y nuestra oferta de recursos silvestres es cada vez más limitada. Solo será a través de la producción acuícola, por sus características de trazabilidad, estabilidad productiva o certificación de calidad, que estos mercados podrán ser abastecidos desde nuestro país.

Para lograr este desarrollo, además de contar con inversionistas interesados, se requiere de políticas públicas de fomento productivo, que consideren lo incipiente de esta nueva industria, la que, incluso para el caso de los salmones, tiene menos de 30 años. Se necesita apoyo desde el Estado para iniciar este despegue. Apoyo en tomar conciencia del problema y agilizar la tramitología; en coordinación desde el Estado de los entes reguladores en los distintos ministerios involucrados que operan de forma independiente; apoyo a la inversión acuícola para la producción; apoyo en logística portuaria; en servicios sanitarios acuícolas; en la producción de juveniles para incentivar la instalación de centros de engorda de peces y moluscos, de aquellas especies en las cuales se dispone de tecnología para producirlos controladamente. Esto, en beneficio tanto de la acuicultura de pequeña escala (APE), como de la acuicultura intensiva en mar y en tierra. Si esto no se toma de esa manera, como un tema de importancia alimentaria, otros países cercanos, que ya vienen trabajando sobre estos desafíos, nos tomarán la delantera.

Si queremos desarrollar seriamente programas de incremento per cápita del consumo de productos del mar, con todos los beneficios en salud púbica demostrados en varios países, es necesario, además de proteger nuestros recursos pesqueros silvestres con planes de manejo de mirada a largo plazo, desarrollar una acuicultura variada y a distintas escalas productivas.

Así como décadas atrás el Estado, a través de Corfo (Corporación de Fomento de la Producción), impulsó la industria pesquera extractiva en la macrozona norte, con inversiones en flota y plantas de proceso, hoy es necesario ese mismo esfuerzo para desarrollar una nueva industria, la acuícola, y ponerse a la altura de los países que ya han logrado desarrollar esta nueva industria, diversa, en especies y en volumen productivo, fuertemente orientada a asegurar el consumo interno, antes de pensar en la exportación.