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(Bloomberg) El barco pesquero “Jannetje Cornelis” fue construido hace dos años en España. Es propiedad de una empresa de los Países Bajos y su tripulación es en gran parte neerlandesa. Su puerto de base y su registro están en la ciudad inglesa de Hull. Y frecuentemente vende lo que pesca en Francia, desde donde se lleva la carga por camión a los Países Bajos para procesarla y luego se envía a supermercados de Italia y España.

“Uno va a donde están los peces y, en esta época del año, están en el canal de la Mancha”, dice el capitán Peter de Boor mientras nieva levemente sobre las dársenas del puerto francés de Boulogne-sur-Mer, donde él acaba de terminar de descargar cinco toneladas de calamares y mújoles pescados en su mayoría en aguas británicas.

Boulogne, un centro marítimo desde la época del Imperio Romano, creció hasta transformarse en el puerto más grande de Francia. Miles de habitantes locales trabajan en sus 120 barcos pesqueros y en sus 150 plantas de procesamiento. Pero también es una prueba de la internacionalización de la industria conforme a la Política Pesquera Común (PPC) de la Unión Europea (UE), de 1970, que permite que los barcos de cualquier país miembro pesquen en todas las aguas de la UE.

La separación inminente entre el Reino Unido y la UE en marzo amenaza esa comunidad multicultural y gran parte del negocio de la pesca en Europa continental. Si bien el Brexit implica perder a solo uno de 28 miembros, el Reino Unido tiene las zonas de pesca más ricas de la UE y la segunda flota más grande después de la de España.

Sin acuerdo

Cerca de la mitad del pescado que llega todos los días a Boulogne viene de zonas de pesca británicas, que comienzan a solo 19,2 kilómetros del malecón de la ciudad. Según un plan provisorio de separación elaborado a lo largo de los últimos dos años, se prorrogarían los acuerdos actuales hasta diciembre de 2020 mientras se negocia una alternativa. Pero el 15 de enero, el Parlamento británico votó en contra y, si no aprueba ese u otro pacto (aún sin redactar), las aguas británicas quedarán nuevamente bajo control soberano cuando el país se separe por completo de la UE el 29 de marzo.

Aunque no está claro qué puede implicar eso, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, dejó claro que seguir teniendo acceso a las aguas británicas es esencial para cualquier acuerdo. Por su parte, la primera ministra británica, Theresa May, insiste en que no cederá los derechos de pesca para obtener concesiones en otras áreas.

La abrumadora mayoría de los pescadores británicos votó por el Brexit y espera que las restricciones a los barcos del continente revitalice su negocio. Las embarcaciones de bandera británica entregaron cerca de 1 millón de toneladas de frutos de mar en 1973, el año en que el país entró a la UE. Para 2016, la cifra había caído a 550.000 toneladas, mientras que barcos no británicos pescaron 800.000 toneladas en las aguas del país, según la Organización de Administración Marina del Reino Unido. Las asociaciones británicas de pesca afirman que el Gobierno debería imitar a Noruega, que negocia anualmente el acceso a sus aguas e impide la entrada de barcos de países con los que no tiene acuerdo.

“Nadie sabe qué sucederá”, dice Pierre-Yves Dachicourt, capitán del “Pax Dei”, un pesquero de 24 metros que está descargando tres toneladas de calamares. “Todo lo que sabemos es que a los peces no les importa la frontera y que no hay suficiente espacio del lado francés”.

Nota Original: French Skippers Say Goodbye Britain, and Thanks for All the Fish

Reportero en la nota original: Gregory Viscusi en Paris, gviscusi@bloomberg.net

Editor responsable de la nota original: David Rocks, drocks1@bloomberg.net

*Fuente de la foto destacada (de contexto): Europa Azul