(El Mercurio) Fue mientras hacía trekking en el glaciar Tyndall (Parque Nacional Torres del Paine), que el entonces rector de la Universidad de Magallanes (UMAG) Víctor Fajardo encontró el pequeño helecho Huperzia fueguina.

Después de estudiarla, se dieron cuenta que la planta produce alcaloides similares a la Huperzina A, un suplemento que tiene un efecto protector de las neuronas.

El doctor Nibaldo Inestrosa, Premio Nacional de Ciencias Naturales 2008 y director del Centro de Envejecimiento y Regeneración CARE UC, conocía un “primo hermano” chino de este helecho. Y cuando supo que se había descubierto en Chile una planta parecida pensó que se trataba de una gran oportunidad.

“Desde los años 70 no se encuentra casi nada nuevo en materia de medicamentos en Chile y en el mundo. Hay que buscar en las zonas inexploradas del universo y por eso nosotros estudiaremos productos endémicos y desarrollaremos nuevos fármacos, tests diagnósticos y terapias enfocadas en las enfermedades crónicas asociadas al envejecimiento”, dice el investigador.

Se refiere a las aproximaciones terapéuticas en base a la flora de la zona austral de Chile, en la región de Magallanes y de la Antártica, que se desarrollan actualmente en distintas universidades y que ahora continuarán bajo el alero del nuevo Centro de Excelencia de Biomedicina en Magallanes (Cebima) que se inaugura este año.

Vientos y poca luz

Magallanes y la Antártica cuentan con una vegetación -algas, musgos, hongos, entre otros- que está en condiciones de estrés importante, como bajas temperaturas, vientos fuertes y poca luz durante períodos prolongados. Esto ha permitido que desarrollen sus propias defensas, compuestos que evitan su congelamiento o que controlen plagas, explica Mariela González, estudiante chilena de doctorado en la Universidad de Lund (Suecia) y futura integrante del Cebima.

González está estudiando sustancias neuroprotectoras del alzhéimer que provienen de hongos que crecen en Punta Arenas. Y ya demostró, a nivel in vitro, que el hongo Aleurodiscus vitellinus ejerce una actividad neuroprotectora contra el péptido beta amiloide, uno de los principales agentes del mal de Alzheimer.

Su ambición ahora es lograr aislar moléculas de este hongo para que puedan ser probadas en animales.

“Es noble ver que podemos hallar medicina en el bosque a través de hongos que son inocuos para la salud humana”, comenta González desde Suecia.

Las algas, específicamente la luga y el pelillo, que se localizan en todo el sur de Chile, también son promisorias, según Waldo Cerpa, director del Departamento de Biología Celular y Molecular de la Universidad Católica (UC), quien también se unirá al Cebima.

Estas algas han demostrado -en modelos in vitro– ser capaces de prevenir procesos de estrés oxidativo, los que aparecen tanto en la enfermedad de Alzheimer como en el trauma cerebral causado por golpe.

Además, la luga roja tiene compuestos antidiabéticos y la capacidad de modificar la presión arterial, por lo que podría usarse para la hipertensión.

“Creemos que el objetivo es poder ocupar estos compuestos de manera preventiva, como una terapia complementaria”, explica Cerpa.

Por su parte, Inestrosa está tratando de entender por qué la Huperzina A, sustancia que se puede obtener del helecho hallado en el glaciar Tyndall, tiene propiedades neuroprotectoras, lo que tendría grandes implicancias para prevenir el alzhéimer.

“Estamos tratando de entender qué les pasa a las neuronas con este compuesto. Creemos que robustece las mitocondrias, que son las que producen energía”, explica Inestrosa desde Punta Arenas.

Y puntualiza: “Es una gran ventaja tener un verdadero banco de plantas aquí y no tener que ir a explorar a otras zonas”.

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*Créditos de la foto destacada (de contexto): Joe Cruz.