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El origen del descontento social
  • La irrupción de la industria del salmón cambió radicalmente la vida de quienes viven donde la actividad se desarrolla. Y hoy, la crisis que experimenta el sector terminó por aumentar el descontento social, lo que  quedó demostrado en el nulo apoyo de la comunidad a la discusión por la LGPA. ¿Por qué sucedió esto?
Pablo Fábrega Zelada

Por Pablo Fábrega Zelada, académico e historiador. E-mail: pablofabrega@gmail.com

La reciente discusión en el Congreso para modificar la Ley General de Pesca y Acuicultura (LGPA), y que duró más de un año, dejó entrever la existencia de un gran ausente en ese proceso: la comunidad que vive donde se ha desarrollado la actividad salmonicultora durante los últimos 25 años.¿Por qué no hubo manifestaciones de trabajadores pidiendo que se acelerara la tramitación de la ley?

¿Por qué muchos representantes políticos de las regiones australes no participaron activamente en la defensa de esta industria?

Según afirmaba el gremio salmonicultor, basado en las encuestas realizadas por la Universidad de Los Lagos hasta hace dos años, la evaluación que hacía la comunidad respecto de la actividad productiva era bastante positiva. De hecho, había cierto consenso en que la inmensa mayoría de los habitantes querían participar de la “modernización”, entendida como el crecimiento económico sostenido asociado al desarrollo de distintos tipos de industrias. Entonces, ¿qué pasó?

La enorme crisis vivida por el sector salmonicultor se tradujo en una drástica disminución en el número de trabajadores ligado directamente a la industria. Pero ello tuvo un significado aún mucho mayor: el quiebre de la confianza en la “modernización” acelerada.

Para responder tentativamente a las preguntas planteadas anteriormente deberíamos trabajar desde al menos dos variables. Por un lado, la historia de la relación de las grandes industrias nacionales con su territorio (o lo que se espera de ellos) y, por otro, el contexto local (o su identidad cultural).

Impacto territorial y social

Desde la primera perspectiva, la historia económica nacional ha visto crecer y decaer a grandes industrias, como la del salitre, el cobre, el carbón y la manufacturera. Todas ellas necesitaron décadas para consolidarse y significaron una intervención mayor en el paisaje cultural y físico. Por ejemplo, la construcción de enormes poblaciones para sus trabajadores y funcionarios, o las numerosas escuelas y obras públicas que permitieron un verdadero cambio de identidad en esas zonas. Los trabajadores recibían salarios superiores a los del agro, que es el sector de donde provenían en su mayoría y, sobre todo, adquirieron una identidad muy ligada a la actividad productiva, a tal punto que cuando se acabó esa producción, los ciclos económicos se tradujeron normalmente en el fin de los ciclos políticos, como pasó con la caída del Período Parlamentario en 1925 (fin de la Era del Salitre).

Desde la segunda perspectiva, el territorio de la actual Región de Los Lagos (área donde se concentra la actividad salmonicultora) nunca había recibido a una industria tan importante como la salmonicultura. Antes de 1985, la actividad económica predominante era la agrícola y lechera, basada en fundos medianos y pequeños. Puerto Montt era una ciudad de sólo 80 mil habitantes, que concentraba funciones de servicio y comercio, principalmente. La identidad cultural estaba compuesta, básicamente, por dos grupos: una elite muy cohesionada, descendiente de los colonizadores alemanes que trabajaron duro y que tenían una relación muy estrecha con sus trabajadores. En aquellos años, la imagen más común eran esas viejas camionetas conducidas por un alemán con botas llenas de barro. El otro grupo, la gran mayoría, eran descendientes de chilotes e indígenas huilliches que trabajaban por temporadas en los fundos de los alemanes y que conservaban una producción de subsistencia, sin horarios fijos y con una gran precariedad en sus condiciones laborales. Es importante recordar que la Región de Los Lagos mantuvo y mantiene, en promedio, el doble del porcentaje de ruralidad respecto del país, lo que significa que teníamos una sociedad muy conservadora en términos políticos, religiosos y culturales, caracterizada por la ausencia de grandes movimientos sociales.  

La llegada del salmón

En ese contexto histórico, se instaló una actividad económica que no tuvo la conciencia de haber generado un cambio en la identidad cultural de la Región de Los Lagos. Así, se formó una industria globalizada, que permitió el surgimiento de un verdadero movimiento sindical, que surgió sobre la base de promesas de un rápido crecimiento económico para quienes participaban en ella.

En términos de los grandes ciclos económicos, la revolución industrial de la salmonicultura significó un cambio radical respecto al ciclo previo de modernización agro-lechero que se consolidó desde 1860.

Todo cambió a partir de 1985. La elite ya no fue la tradicional. Ahora se trataba de jóvenes profesionales venidos desde Santiago, que crearon sus propios barrios (en Puerto Varas, por ejemplo), sus propias escuelas (Colegio Cahuala, Colegio Puerto Varas) y un mundo exclusivo para los altos ejecutivos, todos ámbitos desconocidos para la elite tradicional local conservadora y encerrada en su territorio. Los profesionales que llegaron responden a una generación globalizada, que viaja por el mundo, con mucha tecnología y que domina varios idiomas y donde la imagen común ahora responde a camionetas blancas institucionales que viajan a exceso de velocidad.

La creación de miles de empleos directos e indirectos por la industria del salmón se tradujo en la imposición de una nueva disciplina para los trabajadores, Ahora debían acatar horarios y normas laborales que no conocían. Además, debieron competir con otros miles de trabajadores que llegaron desde zonas en que el trabajo asalariado ya estaba internalizado. La inclusión de la mujer en porcentajes mucho mayores al promedio nacional también significó que se rompió su rol tradicional al interior de la familia en la región.

Desarraigo social

Las teorías acerca de la modernización acelerada, en el contexto de la globalización, indican que todos estos cambios también trajeron consecuencias negativas, como el sentimiento de desarraigo y de falta de inclusión social. Para graficar las dimensiones del cambio cultural podemos pensar en el caso de Rusia, cuando pasó del comunismo al neoliberalismo más radical en unos pocos años. La frustración generada especialmente en los jóvenes, por no ser capaces de incorporarse exitosamente a esa segunda modernización, a la cultura de los malls, parece tan violenta que, en parte, podría ser la causa de que las regiones de Los Lagos y de Aysén sean la que tienen las tasas más altas de suicidio nacional y que justamente su crecimiento haya aumentado ostensiblemente entre 1997 y el 2005 (Ministerio de Salud, 2006). Otro ejemplo de este desarraigo social es la violencia contra la mujer, ya que también la Región de Los Lagos es la que tristemente ostenta el porcentaje de mayor agresión física o verbal del país, la que afecta al 55% de ellas (Sernam, documento de trabajo N°106, enero 2009). En parte, esto último es una respuesta a la acelerada inclusión de la mujer a un trabajo que les permitió ser independientes económicamente, lo que en el contexto tradicional eso fue percibido como una amenaza para muchos hombres.

La destrucción acelerada del comercio local en las comunas cercanas a los ejes de la actividad acuícola, la emigración de muchos jóvenes atraídos por las luces fulgurantes de la segunda modernización acelerada y la pérdida de los saberes tradicionales agrarios que no pudieron pasar a la siguiente generación, han puesto en una situación muy incómoda a las miles de personas que han perdido sus empleos por la actual crisis de la salmonicultura. El problema de los desempleados es que ya no existe mayormente el mundo desde donde partieron hace 25 años. Es muy difícil volver atrás y por eso la frustración es mayor.

SalmonChile ha implementado importantes proyectos de Responsabilidad Social Empresarial (RSE), pero la mayoría son recientes –principalmente, desde el 2005– y abarcan universos de personas muy bajos si se compara con el enorme impacto que ha tenido la actividad. Son sólo gotas de filantropía en un océano de oportunidades de integración con la comunidad que no están resueltos.

En este sentido, experiencias exitosas de integración industria-comunidad hay muchas. Una de ellas es la referida a la CAP, que aun cuando se privatizó en 1987 y ya contrataba pocos trabajadores, conservó una privilegiada relación con su comunidad gracias a su apoyo al deporte y a las diversas actividades de RSE. Otro ejemplo es el de Masisa, empresa de gran tradición en la industria de tableros de madera y que, a pesar de que opera en zonas políticamente conflictivas, le otorga al vínculo con la comunidad una importancia que se refleja en múltiples programas que son parte del plan general de la compañía.

Ahora que la industria está comenzando de nuevo, la comunidad espera que se conozcan las diversas comunidades culturales que habitan la zona (por ejemplo, el 40% de los habitantes de Puerto Montt no nacieron en la ciudad) y que el reconocimiento del territorio y de la cambiante identidad cultural sea un tema prioritario en las políticas públicas del Gobierno y las empresas. Quizás para partir, una buena señal sería que los habitantes de la región por fin pudieran comer salmón certificado. 

 






 
 
 
 
 
 
 
 
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