Genética y competitividad

Los auspiciosos resultados obtenidos por la salmonicultura chilena en el último año están lejos de ser solo el reflejo de buenas condiciones de demanda y precios de mercados. En efecto, un componente esencial y con expectativas de sostenimiento al mediano y largo plazo es la disminución de los costos derivados de un conjunto de factores, destacando la menor mortalidad y los mejores rendimientos productivos. Esto se ha logrado gracias a las mejores prácticas productivas autoimpuestas por las empresas –individual y colectivamente–, a los cambios regulatorios iniciados como consecuencia del virus ISA pero, de igual forma, a la mejor calidad de los peces y a un mejor conocimiento, prevención y control de enfermedades.

Entre los últimos aspectos mencionados, la genética ha hecho una enorme contribución en la mejor selección de los peces a cultivar y a su mayor resistencia a los desafíos ambientales. Si bien no es el único mecanismo que mejora los rendimientos productivos, ya que también se debe considerar el aporte de las vacunas, ha sido decisivo.

Las estrategias de selección fenotípica, iniciadas hace ya muchos años en la región de Aysén, han sido robustecidas con el aporte de la genética molecular y la ingeniería genética. Su desarrollo ha hecho posible obtener procedimientos más finos de selección basados en marcadores moleculares y en la identificación de genes o grupos de genes responsables de la respuesta de los peces a amenazas y estímulos del ambiente.

A partir de los conocimientos alcanzados, hoy se pueden seleccionar líneas mejor adaptadas a determinados ambientes, como aguas frías o entornos donde prevalecen patógenos específicos. Por otro lado, esta rama de la ciencia ha permitido entender mecanismos de activación o desactivación de genes responsables de procesos fisiológicos fundamentales y que han posibilitado el tránsito hacia el desarrollo de dietas y fármacos de mayor efectividad y menor impacto ambiental. En suma, la genética ha tenido impactos positivos en peces más eficientes, mejores dietas y mayor prevención y control de enfermedades.

Como se destaca en esta edición, todo lo anterior ya ocurre en Chile y con recursos humanos y tecnologías nacionales. Una tarea que, lenta y silenciosamente, han ido construyendo empresas, universidades y organismos estatales y que comienza a dar sus frutos, reflejados en mejores rendimientos productivos, costos de producción más bajos y mayor competitividad para la salmonicultura chilena. Estos avances son, sin duda, el resultado de una innovación y desarrollo que usualmente se percibe en el mediano y largo plazo, como este virtuoso caso de la genética en Chile.