Hace 20 años, la histórica Caleta Anahuac, ubicada en el sector de Chinquihue en Puerto Montt (región de Los Lagos), era conocida como conflictiva; los dirigentes se veían sobrepasados y renunciaban; y para la autoridad era complejo llegar a acuerdo con los miembros de esta organización de la pesca artesanal. Hoy, sin embargo, la situación es muy distinta. La caleta es reconocida por su carácter propositivo y emprendedor, logrando convertirse en un modelo de desarrollo productivo gracias a diversas acciones que se han impulsado.

Gran parte de estos cambios tienen nombre y apellido: Juan García. Este dirigente se desempeña como presidente del Sindicato de Pescadores de Caleta Anahuac desde hace 16 años. Ha pasado su vida ligado a la pesca artesanal, capturando, comercializando y ahora liderando esta organización. Además, es presidente de la Cooperativa de Pescadores de Puerto Montt y de la Asociación de Pescadores Artesanales Demersales y Ramas Similares de la Zona Sur Austral (A.G. Demersal). Si bien admite ser bastante tímido, manifiesta que, desde un principio, se propuso asumir sus funciones con seriedad; también con fuerza y determinación, cuando es necesario.

Juan García ha sido, de igual forma, un importante articulador en el acercamiento inédito entre la pesca artesanal y el mundo salmonicultor. Según sus palabras, él ha decidido apostar por una conversación transparente, con el fin de avanzar y lograr una sana convivencia entre todos los usuarios del borde costero.

¿Desde cuándo está inserto en el mundo de la pesca artesanal y en la dirigencia?

Partí muy joven. Nací en la Caleta Anahuac. Mi papá y mis hermanos eran pescadores. Como a los diez años ya salía con ellos y para mí era lo máximo. Luego, dejé los estudios y me dediqué a la pesca en un 100%. Capturábamos sierra, merluza, róbalo, pejerrey y otros recursos. En ese entonces, teníamos las costas llenas de productos y no había restricciones, pero pescábamos solo lo que necesitábamos, lo que podíamos vender. Así partí. No he conocido otro rubro que no sea este.

En el Sindicato de Anahuac comencé en 1997, como socio. En ese momento tenía mi propia embarcación. Ahí, la organización era bastante radical. Nadie duraba en los cargos. En 2003, hubo un presidente muy capaz e inteligente, pero también renunció. Fue allí cuando comencé a ejercer como presidente. Al principio, nadie daba un peso por mí, porque era muy callado. Pero tenía una ventaja sobre el resto y es que yo era de la caleta y conocía bien a las personas. Además, me propuse hacer las cosas bien. Me dediqué, estudié –hice dos diplomados sindicales en la Universidad de Los Lagos– y aprendí mucho sobre liderazgo y manejo de conflictos. Luego del primer período, me reeligieron para el segundo y no he parado. Ahora estoy en el octavo período, dedicándome a tiempo completo a este trabajo que me mandataron.

En estos 16 años, ¿cómo ha sido la evolución de la Caleta Anahuac?

Nos entregaron esta caleta en comodato en 2005, para ver si éramos capaces de administrar algo así. Cuando llegamos, no había ni una silla. No obstante, hoy tenemos un edificio con oficinas y un modelo de desarrollo. Desde el principio, creímos que debíamos hacer productiva la caleta y comenzamos a analizar posibilidades de negocio. Un problema era que aquí llegaba el pescado, pero teníamos dificultades para recibirlo y disponerlo para su comercialización. Fue así como gestionamos un primer proyecto para conseguir un tractor con carro para trasladar los productos. Luego, instalamos una sala de acopio y comenzamos a cobrar peaje para su utilización. Más tarde, vino la cámara para fabricar hielo en escama y mantener la cadena de frío. Esta iniciativa nos consolidó y nos generó muchos ingresos. Ahí entendimos que necesitamos contar con una buena administración, por lo cual contratamos una secretaria y más tarde guardias. El dinero fue dando para eso. También comenzamos a realizar talleres de fortalecimiento y formamos un Comité Administrativo; tenemos mucha participación.

Hoy, la caleta cuenta también con una sala de ventas, ¿cómo evalúa este proyecto?

Ese fue el fruto de un trabajo constante. La gente ha entendido que comprar en la caleta es un atractivo para el bolsillo y también en términos de calidad del producto. De todas maneras, igual hemos tenido problemas. La pesca ilegal es algo que nos mata. Cuando tenemos una venta directa, con un producto acreditado, que paga impuesto, pero al lado hay alguien que lo hace de otra forma y vende más barato, es difícil.

¿Se puede decir que hoy, la Caleta Anahuac se ha sacado de encima el estigma de conflictiva?

Esta siempre ha sido una caleta emblemática y pionera en muchos aspectos en la región y estamos contentos porque ahora nos destacamos por cosas buenas. Cambiamos la mala fama que teníamos y pasamos a ser propositivos y productivos. El procesamiento que estamos haciendo ahora nos tiene muy orgullosos, porque estamos ampliando nuestra capacidad de venta. Tenemos numerosos hoteles y restaurantes de la zona a quienes atendemos con productos con valor agregado. De igual forma, estamos incursionando en una línea de conservas y queremos tener una sala de ventas de productos gourmet hechos por nuestras mujeres. Y tenemos el turismo; cuando partimos, muchos se reían, porque creían que debíamos ser expertos. Pero nuestra propuesta era que debíamos mostrar lo que somos; no tener un relato inventado, sino que contar nuestra historia, puesto que eso es lo que quiere conocer la gente.

Relación con la acuicultura

Una empresa que ha colaborado con ustedes en la gestión de varios proyectos es la salmonicultora Blumar, ¿cómo nació esa relación?

Fue a partir de un tour que ellos tomaron con nosotros, para sus trabajadores, a la Isla Capera. En ese paseo, sus ejecutivos se dieron cuenta de que el desembarque en la isla era precario. Entonces, nos ofrecieron ayuda para la construcción de un muelle que nunca imaginamos, de muy buena calidad, que nos sirve no sólo a nosotros, sino que también a otras actividades. Luego, la gente de Blumar nos ha siguió llamado, preguntando cómo nos podían cooperar, donando más tarde carros de moldeo y una mesa de fileteo para la sala de proceso. Esto ha mejorado mucho la forma de trabajo de nuestra gente y el estándar de calidad de nuestros productos.

Más allá de la relación que ustedes tienen con Blumar, ¿cómo ha sido el trabajo, los últimos años, con la industria del salmón?

Hace dos años, asumí otro cargo, esta vez regional, como presidente de la A.G. Demersal. Antes, nunca tuvimos una buena relación con los salmonicultores, siempre nos miramos desde la vereda del frente. Sin embargo, desde este nuevo cargo me permití sentarnos a conversar con ellos, puesto que justo venía el tema de las relocalizaciones y no queríamos que nos pase lo mismo que hace unos años atrás, cuando perdimos caladeros de pesca por no trabajar en conjunto. En mi caso, los acercamientos comenzaron con SalmonChile. Ellos querían relocalizarse y nosotros queríamos que lo hagan, pero sin afectar los caladeros de la pesca artesanal menor. Por primera vez, no se vulneraron nuestros espacios.

Entendemos que esto se puede prestar para muchas especulaciones y por eso debemos hacer las cosas como corresponden. Siempre dejamos claro que podíamos llegar a acuerdo, pero que no pediríamos que nos subsidien o nos pasen dinero. Lo que si creemos es que tal vez podemos intentar beneficiarnos de las plataformas comerciales que los salmonicultores han logrado establecer. Ellos han consolidado el mercado del salmón en el mundo y lo han hecho muy bien, entonces porqué nosotros no podríamos, a través de dichas vías, impulsar también nuestro pescado. Siempre habrá discusiones, pero también hay temas que podemos analizar en conjunto, como la limpieza de nuestro entorno, de nuestras playas. Pero creo que hemos avanzado de manera transparente.

De todas maneras, cuando ha habido escapes de peces, por ejemplo, hemos sido categóricos en señalar que deben hacer las cosas bien. En el último escape que hubo en Puerto Montt, sentimos que no había mucha comunicación, pero días después tuvimos al gerente de la empresa en nuestras instalaciones, dándonos explicaciones. Le dije que no tenía que darme explicaciones a mí, pero se agradece el gesto. Con los salmonicultores, se ha dado un diálogo que antes no existía.

¿Y cómo ve a los pescadores en relación con su propia integración en labores de acuicultura?

Para allá vamos. Tenemos el problema del lobo de mar y no nos vamos a pasar la vida llorando por eso. Quizá, a través de los cultivos, tanto en tierra como en mar, podemos revertir la situación. Hemos estado viendo un modelo de cultivo de peces orgánicos. Presentamos un proyecto al Consejo Regional para producir trucha en ríos, las que podrían ser alimentadas con los desechos de pescado que generamos; podría ser una forma de diversificar nuestra producción.

Regulación

Los pescadores del sur han manifestado con fuerza su inquietud debido a las caducidades que año a año se producen en el Registro Pesquero Artesanal ¿Cuál es su visión sobre este asunto?

Se trata de una práctica siniestra de la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura. Todos los años hay una gran cantidad de embarcaciones y personas que salen de la lista, quedando desprotegidas. Y tampoco entran más. Es prácticamente una política de exterminio de la pesca artesanal menor. No debiera ser así. Queremos que nos respeten porque somos usuarios del mar, tenemos una historia y no podemos estar todos los años con miedo de que pueda venir una caducidad. Mandar a la casa a un pescador de 50 o 60 años, es mandarlo a morir, o bien se transforma en un ilegal. Hay que cambiar eso; dignificar al pescador y reconocer su historia.