(La Tercera) La última vez que Cristina Dellarrosa (60) vio a su ex marido se escondió. Estaba arriba de una micro cerca del Congreso en Valparaíso, a fines del año pasado, cuando percibe una sombra pasar por el pasillo. Luego, escuchó una voz ronca que se sentaba atrás. “Morales”, pensó.

Sigilosamente se fue a sentar detrás del chofer, esperando no ser reconocida.

Dellarrosa nunca pensó que la próxima vez que tendría noticias de su ex marido sería a través de la prensa. Y que en abril en los medios se diría que Luis Morales Mardones (59), oriundo de Valparaíso, había sido arrestado en las costas de África, no solamente acusado de piratería, sino que también se le sindicaría como uno de los participantes en la persecución más larga y espectacular que se haya realizado a un barco en alta mar.

Para ella, solo era otro marino mercante.

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Las aguas internacionales son las aguas de nadie.

-Se necesita un pirata para atrapar a un pirata-, dicen en Sea Shepherd, la organización ambiental que se encargó de perseguir al Thunder, un barco de piratería moderna capitaneado por un chileno y en el que, además, iban otros tres compatriotas como oficiales. Morales era el ingeniero de máquinas. La persecución empezó en una de las zonas más aisladas de la Antártica y llegó hasta las costas del Atlántico africano.

Fueron 110 días de fuga acuática, que terminaron el 6 de abril pasado.

Desde el día en que la tripulación del Thunder fue detenida, las autoridades de la isla de San Tomé y Príncipe, una ex colonia portuguesa, se tomaron tres meses para investigar. En Cancillería dicen que ninguna de las familias de los cuatro chilenos han solicitado asistencia y que, por lo tanto, solo han seguido el caso por los medios. Hasta el día de hoy no hay noticias de alguna sentencia o liberación de la tripulación.

El día en que el Thunder se hundió ya había quemado todo su combustible en la larga escapada. Luis Rubio (48), el capitán chileno, pidió ayuda a sus perseguidores y dijo por radio que su barco había chocado con una embarcación menor. Ni en el Bob Barker ni el Sam Simon, las dos naves de Sea Shepherd que lo seguían, vieron bote alguno cerca.

Según el relato de The New York Times, se decidió que el Sam Simon haría el rescate, al ser la embarcación más espaciosa para recibir a la tripulación de 40 hombres del Thunder. Tres hombres del Bob Barker subieron al buque mientras este se hundía, con la idea de recolectar evidencia -carpetas, computadores-, cualquier indicio que los pudiera inculpar en los tribunales internacionales. Y lo que vieron ahí apuntaba a que el barco había sido boicoteado por sus propios tripulantes: todas las puertas de la embarcación estaban abiertas, todo lo contrario a lo que debe hacerse en una situación de naufragio.

El Thunder se hundió. Y desde la cubierta del Sam Simon, Rubio pegó un grito y empuñó una mano al aire, como si se tratase de una victoria, mientras su barco de US$5 millones se perdía en el fondo del océano Atlántico.

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Luis Morales entró con 17 años a la Armada. Ahí, en el taller 38 de Asmar en Talcahuano, conoció a Cristina Dellarrosa, quien era hermana de uno de sus compañeros de generación. A mediados de los ’70, hubo una chispa entre ambos, suficiente como para que se juntaran y se terminaran casando. Del taller 38, Morales pasó a la escuela de ingeniería. Ahí hizo un curso de máquinas y mecánica en combustión interna y se convirtió en ingeniero de máquinas. Después de escuchar que el Thunder fue hundido por su propia tripulación, Dellarrosa lo tiene claro: “Él tuvo que haber estado a cargo de hundir el barco, si era el primer ingeniero”.

Dellarrosa describe a Morales como un hombre apático, poco cariñoso, al que le encantaba ver televisión. “Con los años de matrimonio, me fui adaptando a su forma de ser”, explica. Su nieto Alejandro (22) dice que Morales es un hombre que, cuando está en tierra, no le gusta ser molestado. “De verdad, no le conozco gustos, no sé si le gusta el fútbol, por ejemplo”, dice el nieto, quien anda con un pantalón de buzo de Santiago Wanderers. Irónicamente, en su perfil de Facebook, Morales se declara como hincha caturro.

Ninguna de sus dos hijas, de 36 y 33 años, quiso hablar para este tema. “Para ellas es su progenitor, no su padre”, dice Dellarrosa. “Están muy avergonzadas con todo esto”.

Su ex mujer asegura que los años en que vivieron juntos no fueron felices. Dice que su marido la engañó varias veces, hasta que finalmente se distanciaron en 1988. La más importante de todas esas aventuras fue la relación que estableció con un transexual, con quien se fue a vivir a apenas tres cuadras arriba de la casa de Dellarrosa, en el cerro Cordillera de Valparaíso. La mujer comenta que esto le dolió, pero que lo que más le afectó fue que Morales dejara de ver a sus dos hijas, de preocuparse por sus necesidades. Dice que pasaron hambre y que eso la llevó a la desesperación.

Cinco años después de que Morales se fuera de su casa, Dellarrosa partió a hablar con los superiores de su ex marido. “Les dije que estaba viviendo con una mujer que en realidad era un hombre”, cuenta. La Armada le dio el caso a funcionarios del Ancla 2, un grupo de marinos infiltrados que investiga al personal en casos como este. La indagación llevó a que agentes de la Armada visitaran la casa donde vivía con Leticia Álvarez, el actual nombre femenino de la pareja de Morales. De ahí fue sacado y llevado a la base naval. Fue dado de baja ese mismo día.

Morales llevaba 18 años de servicio y era cabo primero. Estaba a dos años de convertirse en sargento y de acceder a una pensión, la que se les da a los marinos con 20 años de servicio. Le entregaron una carta con la razón de su salida: para no dañarlo decía que el motivo era por “exceso de contingente”, relata Dellarrosa.

Tres meses más tarde, Morales se embarcaba en su primer pesquero como marino mercante.

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La piratería moderna consiste en extraer de aguas internacionales y también territoriales peces que están en veda o en peligro de extinción. El Thunder era buscado por Interpol por ese motivo, además de una serie de delitos económicos asociados al comercio de su pesca, partiendo por la evasión de impuestos. Al momento de la captura de la tripulación se sospechaba que los alrededor de 30 indonesios que iban a bordo de la embarcación eran víctimas de una red de trata de personas.

Cuando el Thunder fue visto por el Bob Barker en aguas de la Antártica en febrero pasado estaba en plenas faenas de recolección de mero, un pescado no muy popular entre los consumidores, que en el mercado norteamericano era conocido como toothfish (por su dentadura prominente) y que a principios de los ’90, en un golpe marketinero de una distribuidora de productos del mar, fue rebautizado como chilean sea bass. El efecto fue grande y las ventas de mero se dispararon en Norteamérica.

La alta cotización del pescado hizo que barcos piratas modernos, como el Thunder, se dedicaran a pescar mero, a pesar de las prohibiciones. Para eso, es común que en este tipo de embarcaciones se cambie la bandera y el nombre de la embarcación, algo que el Thunder hizo varias veces. Su último país de registro fue Nigeria, pero en marzo, en plena persecución, el gobierno nigeriano lo sacó de sus registros. Hasta que fue capturado en abril fue un barco sin Estado. Su tripulación estaba compuesta por el grupo de indonesios, los oficiales chilenos y otra media docena de oficiales españoles y portugueses.

El día en que el Bob Barker avistó al Thunder ambos capitanes hablaron por radio. El capitán de los ambientalistas le dijo a Rubio que para ellos estaba prohibido pescar en esas aguas y que serían detenidos. Este le respondió que no tenía derechos para esa acción y que seguirían con sus operaciones. Cuando el diálogo terminó, la tripulación desapareció en sus cabinas. Según cuentan abogados especializados en leyes marítimas al New York Times, el Bob Barker no está dentro de la legalidad al intentar detener al Thunder, pero eso los agentes de Interpol lo dejan pasar. Es tan poco el patrullaje que los países hacen en aguas internacionales, que la asistencia de barcos como este es agradecida en silencio. De los seis barcos piratas más famosos que andan dando vueltas por los mares del mundo, el Thunder era el más buscado y connotado de todos.

Al día siguiente del primer avistamiento, el Bob Barker divisó al Thunder nuevamente, ahora aprestándose a tirar sus redes al mar. Se aproximó bloqueándolo. Rubio tiró su barco encima y los ambientalistas tuvieron que retroceder para evitar el choque. Un día después, ambos barcos derechamente se enfrentaron. El capitán del Barker le dijo a Rubio que iban a cortar sus redes si las lanzaban al mar. Este último tiró las redes igual y sus perseguidores las cortaron, llevándose parte de ellas, además de las boyas.

-Vamos por nuestras boyas-, le dijo Rubio al capitán del Barker. -Tienen que devolverlas. Ustedes empezaron esta guerra.

Por tres horas, el Thunder persiguió al Barker sin resultados. Después de ese día, el barco empezó a navegar en dirección al Atlántico africano, con la sombra del Barker detrás. Luego se sumaría el Sam Simon hasta ese 6 de abril, el día en que Rubio decidió hundir su propio barco.

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Cristina Dellarrosa siempre escuchó que su marido se jactaba de tener dinero, que les decía a sus vecinos del cerro Cordillera que le habían hecho un favor el día en que lo sacaron de la Armada. Ahora estaba ganando dinero en serio. Según Dellarrosa, al menos los últimos diez años ha trabajado en el Thunder, que cambia de nombre casi todos los años para evadir los controles marítimos. Nunca se imaginó que lo de Morales era ilegal, que lo que hacía era considerado piratería.

Dellarrosa dice que ha tenido que cuidar autos, vender pan, hacer aseo. También trabajaba en la calle con una hija a la que disfrazaba de payaso. Un día, cuando fue a trabajar a Viña, vio a Morales entrando con su pareja a un restorán de Avenida San Martín, “que son los platos más caros”. Ese tipo de episodios la mujer los acumula con rabia. Cuando no tuvo dinero para la matrícula del colegio de una de sus hijas y le pidió a Morales, este le respondió que las niñas ya habían aprendido a sumar, restar y leer, que era tiempo de que fueran a trabajar. También reclama que Morales vendió acciones que le habían dado en la Armada, aunque estaban con el régimen de sociedad conyugal. Hasta el temporal que afectó a la Región de Valparaíso el mes pasado, Dellarrosa trabajó en la cocina del Club de Yates de Valparaíso. Hoy está cesante. En el cerro Cordillera vive junto con su hija de 33 años y una nieta de dos años.

Desde que se separó de Dellarrosa, Morales vivió con Leticia Álvarez y se volvió a casar con ella luego de que esta se operara para cambiar de género y pasara a tener identidad femenina. Juntos tienen un departamento en Quilpué, pero Álvarez niega ser la pareja actual de Morales. “Hace un año y medio que no estoy con él y tampoco he tenido noticias suyas desde que está preso”, dice Alvarez. “Terminamos mal y no me interesa nada de él”, añade cortante.

Dellarrosa dice que la última vez que vio y escuchó a Morales en la micro en Valparaíso iba junto a Álvarez. Y agrega que al departamento en que viven en Quilpué se le suma un gran auto. “Y yo toda la vida trabajando, sacándome la cresta y media por mis cabras, por mis dos hijas, que dejó botadas”, dice la mujer, mientras se le caen las lágrimas. “¿Crees que eso a mí no me ha afectado? ¿Ver cuánta plata se ha echado al bolsillo y que para sus hijas no tenía un peso? ¿Cuánta plata sale una operación de silicona?”.

-¿Él las pagaba?

-Él las pagaba, si el otro no trabaja. Cómo no me va a doler, si sus hijas no tenían para comer, vestirse. Para ellas no tenía plata.

-¿Le afectó en algo que su marido esté preso en un isla africana?

-Me afectó, porque es el padre de mis hijas. Es el hombre con el que tuve la dicha de tener mis dos hijas, lo más hermoso que tengo.

Luego vuelve a darle una vuelta a su idea.

-Ahora, si tiene que pagar, si tiene que estar preso allá, que pague.