En el marco del conflicto social que ha desatado la marea roja en la Región de Los Lagos, recordamos una columna de opinión escrita para AQUA por el sociólogo (Universidad de La Frontera) y magíster en Asentamientos Humanos y Medio Ambiente (Pontificia Universidad Católica de Chile), Mg. Álvaro Román (ajroman@uc.cl), quien se desempeña como coordinador en el Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (Cedeus) y como profesor de la carrera de Sociología de la Universidad Alberto Hurtado, acerca de los desafíos del Chiloé monoproductor de salmón.

El texto es parte de la edición especial de Revista AQUA que circuló en febrero de este año sobre la actividad acuícola-pesquera del archipiélago, la cual puede revisar completa (tanto en su versión HTML como PDF, digital e interactiva) haciendo clic aquí.

“Si pedimos a los mayores que nos describan las condiciones de vida en Chiloé antes de la llegada de los primeros Mg. Álvaro Románcultivos de salmón, nos hablarán del aislamiento, de la pobreza y de la carencia de medios para sobrellevar una vida en un medio hostil. Todo esto cambió especialmente a principios de la década de 1990, cuando empresarios chilenos alcanzaron el segundo lugar a nivel mundial en producción de salmón. La mayor parte de este volumen se generó en los 200 kilómetros de costa del mar interior de Chiloé.

Este relato ha sustentado la idea de que el salmón ha traído desarrollo en forma de salarios, carreteras, escuelas y hospitales. Sin embargo, vale la pena discutir si este argumento sirve para enfrentar los próximos pasos del Chiloé salmonicultor.

Aunque los ingresos de la salmonicultura sean superiores a los que paga cualquier otra actividad en el archipiélago, todavía vemos una fuerte demanda por inversión pública en vivienda, salud y educación. En otras palabras, parte de la llamada ‘familia del salmón’ todavía no puede pagar por sus propios medios el costo de vivir en Chiloé. Aunque esto es algo que ocurre en otros sectores y en otras regiones del país, el pequeño tamaño de las localidades chilotas lo hace más evidente.

Por otra parte, el Estado ha reaccionado tardíamente al veloz crecimiento de la salmonicultura. Tanto por el lento andar de la burocracia como por la poca previsión ante el dinamismo económico es que hay fábricas que han quedado en medio de las ciudades y poblaciones que crecen sin control para albergar a nuevos habitantes dispuestos a vivir sin agua potable, alcantarillado o acceso a servicios de emergencia. Corregir estos problemas tiene un costo altísimo y puede ser entendido como un subsidio adicional a las presiones que genera la demanda de obra salmonicultora.

Mientras todo esto ocurre, vemos una comunidad mayoritariamente pasiva que valora el empleo por sobre todas las cosas. Es comprensible que así sea, pero Chiloé no va a mejorar si lo entendemos únicamente como una gran balsa-jaula para salmónidos. Sin una base económica diversa, sus habitantes están a merced del comportamiento de los mercados internacionales y de decisiones productivas de corto plazo. La experiencia de la crisis por el virus ISA ya nos mostró que los puestos de trabajo no están asegurados.

Estas son las bases en que se apoya la discusión sobre cómo abordar el futuro de un archipiélago monoproductor. El desafío inmediato es que el cultivo de salmón no lo vuelva un Chiloé monocultural, sino que se enriquezca de su rica tradición y de las oportunidades de un aislamiento cada vez más relativo. Las lecciones que los propios involucrados por este sector extraigan serán ejemplares para las tensiones que experimentarán Aysén y Magallanes”.