(El Mercurio) Luego de la gran erupción de junio de 2011, por más de un año desaparecieron los peces y gran parte de los insectos de los ríos aledaños al complejo volcánico Puyehue-cordón Caulle (Región de Los Lagos). Y el fenómeno se repitió en abril de 2015 con la erupción del Calbuco.

En ambos casos, los cursos fluviales se llenaron de piedra pómez y ceniza, haciendo inviable la vida en sus profundidades, revela una investigación liderada por el biólogo del Instituto de Ciencias de la Tierra de la Universidad Austral de Chile (UACh), Eduardo Jaramillo. El estudio fue presentado durante la primera jornada de la conferencia mundial «Cities on Volcanoes 9» de la Asociación Internacional de Volcanología y Química del Interior de la Tierra (IAVCEI), en Puerto Varas, que organiza el Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin) y convoca a 600 especialistas de 40 países.

Según detalló el investigador, quien es miembro del Transdisciplinary Center for Quaternary Research, en el caso del complejo Puyehue-cordón Caulle, la turbiedad por la presencia de materiales sólidos producto de la erupción se mantuvo en algunos ríos, como el Golgol, hasta por cuatro años después de ocurrida la erupción, por lo que la recuperación de sus habitantes acuáticos fue paulatina.

«Como la ceniza se deposita en el fondo del río, este se transforma en una especie de masilla en la que queda atrapada una buena parte de las larvas de los insectos», explica. De hecho, las mediciones revelaron que la abundancia de insectos solo se estabilizó 14 meses tras la erupción, mientras que la riqueza de especies demoró 20 meses en hacerlo. En el caso de la erupción del Calbuco, la situación fue muy similar en los ríos Blanco Este y Hueño Hueño.

Los insectos son alimento de muchos peces, que a la vez son el motor de la pesca recreativa en la zona. Así, conocer cuánto demorará la recuperación de ambos es un indicador clave para recobrar esa actividad económica tras una erupción, dice Jaramillo.

Y agrega: «Debido a la presencia de piedra pómez y ceniza, a los peces se les tapan las branquias y mueren». Así, su presencia fue nula en los ríos Nilahue y Golgol al menos durante un año. Recién después de ese período se observaron peces introducidos (salmones). Solo una vez que la turbiedad disminuye llegan nuevas poblaciones de peces a llenar el vacío, dice Jaramillo.

El desplazamiento de las cenizas es otro de los problemas de los volcanes. No solo porque se depositan en grandes extensiones de terreno -afectando a la agricultura y ganadería-, sino porque producto del viento también se puede producir su resuspensión incluso años después.

El tema fue abordado por el investigador argentino Pablo Forte, vulcanólogo de la Universidad de Mainz (Alemania), quien expuso el impacto de este fenómeno 250 km al sur del cordón Caulle.

Según explicó, tras cinco años, siguen enfrentando eventos de resuspensión. «El viento arrastra la ceniza y si hay una cantidad importante, el efecto es muy similar a una nueva erupción», explicó el especialista.

Respecto de si el suelo es más fértil gracias a la ceniza, aclaró que eso todavía está bajo estudio. Según detalló, en 2014 se produjo una gran lluvia que duró cuatro días, lo que hizo disminuir la resuspensión y al año siguiente resurgió la vegetación en los campos.

Pero ello no siempre ocurre. Kristi Wallace, del Observatorio Geológico de Alaska (Estados Unidos), quien también expuso durante la jornada, comentó el caso del volcán Novarupta que tuvo una gran erupción en 1912. La resuspensión de ceniza se ha mantenido por más de 100 años y nunca se ha recuperado la vegetación en el entorno.

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