En la industria salmonicultora chilena se ha manifestado más de una vez que la necesidad de utilizar elevadas cantidades de antibióticos -700 veces superior a Noruega- es la consecuencia de un problema productivo más que uno de origen sanitario. Esta necesidad, actualmente imprescindible para sostener en el inmediato un volumen productivo estable de salmónidos, no solo está generando un elevado impacto ambiental y poniendo en riesgo la sustentabilidad de la industria, sino que ha llamado la atención de la comunidad biomédica internacional, debido a los potenciales riesgos hacia la salud humana que esta práctica podría representar.

En esa línea, el Dr. Juan Guillermo Gormaz, quien es asesor científico de la Comisión de Desafíos del Futuro del Senado, coordinador de investigación oncológica de la Clínica Alemana de Santiago e investigador de la Universidad de Chile; junto con el Dr. Álvaro Urzúa Caracci, quien se desempeña como subgerente de negocios para LATAM de Quality Trust y a su vez es director de Relaciones Públicas y Comunicaciones del Colegio Médico Veterinario de Chile (Colmevet A.G.), sostuvieron que la experiencia en países desarrollados ha demostrado que la mejor estrategia para el control microbiológico en producción animal, prescindiendo de un elevado uso de antibióticos, se genera combinando investigación y desarrollo (I+D) junto a políticas públicas regulatorias eficaces (legislación más fiscalización).

Al respecto, citaron que hace siete años el representante del gremio salmonicultor nacional declaró en un foro de la industria: «hemos visto a la salmonicultura como si fuera una fábrica de calcetines, cuando es mucho más complejo que eso», haciendo en ese entonces un llamado al Estado a fortalecer su rol regulador.

Recientemente, en el seminario realizado en el Ex-Congreso Nacional, nuevamente un representante gremial hizo énfasis en una idea similar, sumando a lo anterior la necesidad de generar innovación con incentivo público, ya sea económico, tributario u otro.

«Estas intervenciones tienen mucho asidero, ya que la experiencia internacional también ha demostrado que el desarrollo tecnológico y regulatorio que asegure sustentabilidad y competitividad, rara vez se consigue mediante consensos. Normalmente, este necesita de la implementación de medidas que históricamente han sido resistidas por parte de la industria objetivo, la que posteriormente ha terminado beneficiándose del fortalecimiento en la regulación sanitaria, así como también ha requerido de ‘dolorosos’ esfuerzos estatales, expresados bajo la forma de incentivos económicos a la innovación, entre otros», argumentan los doctores Gormaz y Urzúa en su declaración entregada a AQUA.

Un ejemplo de innovación tecnológica asociada a política pública regulatoria y que es destacada por ambos especialistas, se encuentra en la Ley 20.606 sobre Etiquetado Nutricional de Alimentos que, a pesar de ser originalmente resistida por la industria de procesados, se constituyó en una oportunidad para una empresa de lácteos, que generando I+D reformuló y sacó al mercado productos libres de sellos, logrando una ventaja comparativa en su rubro, lo que además le ha permitido prepararse para el mercado internacional, ante un futuro escenario de endurecimiento de las normativas regionales relativas al etiquetado alimentario.

«Considerando los riesgos a la salud humana, la evidencia básico-clínica y epidemiológica existente, ha demostrado que la elevada utilización de antibacterianos en producción animal incide en el aumento de agentes patógenos humanos resistentes a sustancias biocidas, confirmando que en el ecosistema globalizado donde vivimos este tipo de desafíos requiere la búsqueda de estrategias y soluciones integrales», enfatizan Gormaz y Urzúa.

Es así como, en palabras de ambos expertos, globalmente están tomando fuerza nuevos enfoques, como sería el de «One Health – Una Salud». Este considera la interacción de especialistas de distintos ámbitos para trabajar cohesionadamente las interfaces medioambiental, clínica, científica y de salud pública humana y veterinaria, en pos de maximizar esfuerzos, evitar duplicidades y reducir pérdidas.

En este contexto, concluyen que «dicho modelo es perfectamente compatible con el objetivo de buscar estrategias que minimicen el creciente aumento en la resistencia de cepas patógenas que se está produciendo en Chile y en el mundo, tanto a nivel clínico como productivo».