(El Mercurio) «Vendo loco cocido o congelado, sellado al vacío. Entregas en algún metro a convenir», dice uno de los tantos avisos que circulan en sitios web y en redes sociales. Hay diálogos con los clientes sobre el peso y precios, que van entre $13.000 y $25.000 por docena.

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Varias imágenes con las que se oferta el producto sorprenden con locos de talla pequeña, en bolsas plásticas o frascos sin rotulación alguna. Se paga con tarjetas o en efectivo y las entregas se materializan en estaciones del metro.

Es el final de una cadena que comienza en lo profundo del mar en algún punto de la costa chilena. Y es también una de las aristas más recientes en el comercio clandestino de este apetecido molusco, endémico de Chile y el sur de Perú, cuya explotación se encuentra regulada por vedas, la última de las cuales rige desde el 1 de enero y por cinco años.

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Para perseguir estas ventas ilegales, el Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura (Sernapesca) creará este año una unidad especial de fiscalización.

La entidad alerta que, por décadas, la demanda informal ha sido abastecida por distribuidores de pesca ilegal, lo que impide que las medidas para proteger la especie tengan un mayor efecto. A ello se suma que, pese a los esfuerzos del Sernapesca, la Armada y Carabineros, bandas organizadas siguen operando especialmente en Los Lagos, donde realizan faenas clandestinas de noche.

El loco (Concholepas concholepas) está en riesgo desde la sobreexplotación de 1985, cuando, ante la presión exportadora, se sacaron 25.000 toneladas, récord frente a las 2.600 de los años 70. Desde entonces ha sido sometido a extensas prohibiciones de captura para evitar que se reduzca su población.

Ahora el molusco está sujeto a una nueva veda extractiva, que partió el 1 de enero y se extenderá hasta el 31 de diciembre de 2022, según decreto de la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura (Subpesca). La medida, recomendada por un comité científico, prolonga la que ya se aplicó entre 2012 y 2017, y prohíbe capturar el molusco en las zonas marítimas de libre acceso.

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Solo en áreas de manejo

El loco sí se puede extraer en las 157 áreas de manejo del país, asignadas por ley a sindicatos y agrupaciones de pescadores y excluidas de la veda. «Surten la producción de locos del país y han sido los lugares más exitosos en conservación, porque son los propios pescadores quienes realizan un manejo para su beneficio», explica el director nacional del Sernapesca, José Miguel Burgos.

Según describe, los pescadores cuidan estas áreas, que son bancos naturales, y contratan estudios técnicos para determinar su cuota de extracción sin afectar el crecimiento de la población.

En promedio, allí se capturan cada año poco más de dos mil toneladas de locos, aunque en 2017 fueron 2.701, 36% más que en 2013. El molusco, que tarda cinco o seis años en llegar a la talla mínima de extracción (10 centímetros), se obtiene buceando a unos 30 metros de profundidad. La cadena es fiscalizada desde el desembarque hasta su venta y procesamiento.

Pero desde que el recurso colapsó en los ’80, bandas que no respetan tallas ni vedas e incluso roban en áreas de manejo operan en la ilegalidad. Sernapesca estima que sacan el equivalente a un 25% o un 40% del desembarque legal, según la región. El año pasado eso equivalió a cerca de 1.080 toneladas, avaluadas en unos US$8 millones.

Y, según datos del Sernapesca, en promedio solo se incautan 10 toneladas. En los últimos cinco años, 820 causas han sido llevadas a los tribunales.

Ataque nocturno

Las bandas atacan de noche, de dos a cinco de la madrugada, cuando el clima lo permite, describe el fiscal jefe de Maullín-Los Muermos (provincia de Llanquihue), Jaime Aguayo, en cuya zona se concentra la mayoría de estos delitos en Los Lagos.

«Navegan desde Ancud (provincia de Chiloé) y hemos contado hasta 15 embarcaciones en un área de manejo. Cada una en una hora extrae cerca de 2.000 a 2.500 unidades. Esto equivale desde 2 a $2,5 millones», dice. Y aunque suelen identificarse como pescadores, se movilizan en forma atípica: usan lanchas de fibra de vidrio, con costos de $7 a $10 millones, y con motores potentes de hasta 250 HP que valen más de $20 millones.

Apenas son sorprendidos en faenas furtivas, huyen hasta Ancud. Incluso han llegado a medidas extremas como cortar la manguera de oxígeno a un buzo y dejarlo a su suerte para arrancar, como ocurrió en Maullín en 2016.

Cuesta detenerlos, porque, según plantea la fiscalía, cuentan con hasta 30 puntos de desembarque en la isla de Chiloé. Algunos autores de robos pertenecen a sindicatos de pescadores que no recibieron áreas de manejo, asegura la Capitanía de Puerto de Ancud.

«Las penalidades son bajas, por hurto, de 61 a 541 días», subraya Aguayo. La vía que ayuda a controlar la comisión de este delito es la incautación de las embarcaciones, trajes de buceo, tanques de oxígeno y todos los elementos utilizados, lo que la ley les permite.

Durante 2017 estas bandas sufrieron la incautación de 10 embarcaciones y 12 vehículos, además de equipos de buceo y aparejos.

Fiscalización compleja

Para fiscalizar un mercado cuyo foco suele ser Santiago (región Metropolitana) se usan drones del Sernapesca, lanchas de la Armada y controles en ruta de Carabineros.

Incluso se ha detectado a pescadores de la misma organización denunciante sustrayendo el recurso en la oscuridad, como pasó en Lepihue (Maullín), donde el año pasado la Armada decomisó 4.000 locos.

Según el presidente de la Confederación Nacional de Pescadores Artesanales de Chile (Conapach), Óscar Espinoza, si esto ocurre es por necesidades económicas que pasa gran parte de los pescadores cuya actividad se ha visto afectada por fenómenos climáticos y ambientales, pero también por una demanda y una cultura cortoplacista que presiona los recursos. Además, considera que la fiscalización se hace «escasa y deficiente» y existe un desincentivo a realizar denuncias de robo por las bajas condenas.

Repoblamiento

La única forma de frenar la pesca ilegal es el repoblamiento de la especie, remarca Eduardo Bustos, director del Centro Acuícola de Investigación Aplicada (CAPIA) de la Universidad Santo Tomás (UST) en Puerto Montt, quien ha investigado las opciones de reproducción del molusco por más de 20 años. «Las poblaciones están sometidas a mucha explotación, sacan y sacan…», advierte.

Desde 2017 encabeza un proyecto de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo) con seis universidades, que incluye repoblamiento de locos, además de erizos. En seis años se intentará desarrollar semillas en forma masiva, que permitan repoblar áreas de manejo e involucrar a los pescadores.

Los esfuerzos para lograr cultivar el loco datan de los años ’90. Los hicieron en el Instituto de Fomento Pesquero (IFOP) de Puerto Montt, en la Universidad Católica (UC), la Universidad Católica del Norte (UCN), la Universidad de Los Lagos (ULagos) y la Universidad Austral de Chile (UACh). Y se produjeron semillas de un centímetro en sistemas artificiales, detalla Bustos, pero no hubo forma de obtener alimentación adecuada. Incluso se vio que eran «caníbales»: se comían entre ellas.

A diferencia de la salmonicultura, que adaptó una tecnología foránea, en el loco, una especie endémica, solo es posible desarrollarla en Chile, dice.

El loco es carnívoro y no se parece al abalón (su rival asiático), herbívoro y cultivable. «El loco caza y eso lo hace complejo. En condiciones naturales, en su fase juvenil, se alimenta de pequeñas cholguitas, choritos, piures y varios organismos pequeños, y cuando crece caza cholgas, almejas y otros organismos grandes», describe Bustos. La mejor opción es producir semillas y repoblar las áreas de manejo, precisa.

El investigador del IFOP Luis Ariz también destaca que las áreas de manejo son «la fórmula más apropiada para la recuperación del loco, manteniendo su explotación y generando valor y empleo».

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