Durante las últimas décadas, la salmonicultura chilena ha experimentado una profunda transformación en la forma de relacionarse con los territorios donde desarrolla sus operaciones. Lo que en sus inicios estuvo marcado principalmente por la generación de empleo, inversión y actividad económica, hoy incorpora una dimensión mucho más amplia, donde las expectativas de las comunidades, la participación ciudadana, la transparencia y la construcción de confianza se han convertido en factores determinantes para la sostenibilidad de la actividad.
En paralelo al crecimiento productivo de la industria, también se ha desarrollado una comprensión más profunda respecto de la importancia de la denominada licencia social para operar. Un concepto que va más allá del cumplimiento normativo y que se relaciona directamente con la capacidad de las empresas para construir relaciones legítimas, estables y de largo plazo con quienes habitan los territorios donde la actividad acuícola está presente.
En este escenario, el relacionamiento comunitario ha dejado de ser una función complementaria para transformarse en un eje estratégico dentro de las organizaciones.
La presencia permanente en terreno, el diálogo continuo con distintos actores locales, el trabajo conjunto con organizaciones sociales, pescadores artesanales, comunidades indígenas, emprendedores y establecimientos educacionales, así como la generación de iniciativas orientadas al desarrollo local, forman parte de una agenda cada vez más relevante para las compañías salmonicultoras.
Al mismo tiempo, la evolución de las demandas sociales ha impulsado nuevas formas de vinculación. Las comunidades ya no solo buscan conocer los beneficios económicos asociados a la actividad, sino también comprender cómo se gestionan los aspectos ambientales, participar de procesos de monitoreo, acceder a información transparente y formar parte de conversaciones sobre el futuro de sus territorios.
La confianza, coinciden diversos actores del sector, se construye hoy desde la cercanía, la coherencia y la capacidad de escuchar.
En entrevista con Revista AQUA el gerente de Comunidades de AquaChile, Francisco Sandoval, analiza cómo ha evolucionado la relación entre la industria y las comunidades en los últimos años, los desafíos que enfrenta la construcción de confianza en territorios complejos, la importancia de la presencia local, el valor de la transparencia ambiental y el papel que desempeñan los propios trabajadores en el fortalecimiento de los vínculos entre la salmonicultura y las comunidades del sur austral.
El relacionamiento con comunidades es una de las áreas más sensibles para cualquier empresa salmonicultora. ¿Cómo describiría hoy el estado de esa relación en la industria?
Hoy existe una relación mucho más exigente, madura y dinámica entre la industria salmonicultora y las comunidades.
Las expectativas han cambiado profundamente en los últimos años, ya no basta con generar empleo o actividad económica, sino que las comunidades esperan participar, conocer cómo opera la industria y entender cuál es su aporte concreto al desarrollo local. Eso ha llevado a que el relacionamiento territorial pase de ser un aspecto complementario, a convertirse en un eje estratégico para la sostenibilidad de la actividad.
Al mismo tiempo, creemos que hoy existe una mayor conciencia dentro de la industria respecto de la importancia de construir confianza a largo plazo. Eso implica mantener presencia permanente en los territorios, dialogar incluso en escenarios complejos y avanzar hacia relaciones más transparentes y colaborativas. La licencia social no se obtiene una vez, se construye todos los días a partir de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
¿En qué minuto siente que hay un cambio en la forma de relacionarse de la industria con sus comunidades, para pasar a cómo se llevan a cabo hoy?
El cambio comienza cuando la industria entiende que la sostenibilidad no es solo ambiental o productiva, sino que también social. Durante mucho tiempo el foco estuvo puesto principalmente en el crecimiento y la consolidación de la actividad, pero con el tiempo se hizo evidente que el desarrollo de largo plazo dependía también de la calidad de la relación con los territorios y sus comunidades.
Eso impulsó una evolución importante, de pasar desde acciones aisladas o reactivas hacia estrategias permanentes de vinculación territorial. Hoy el relacionamiento requiere escucha activa, diálogo continuo y capacidad de adaptación a las particularidades de cada comunidad. Existe una comprensión mucho más profunda de que los territorios no son solamente espacios donde se opera, sino lugares donde viven personas, culturas y expectativas que deben ser consideradas.
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Fotografía: AquaChile