El salmón tendrá que girar su cabeza

Toda industria alimentaria primaria -agroindustrial o acuícola, de producción en la primera fase de la cadena productiva- ubicada en Chile, enfrenta el desafío de un mercado local pequeño, exacerbado además porque solo el 20% de los habitantes del planeta habita en el hemisferio sur. Ergo, el destino exportador es inminente. Para qué decir esa enorme merma productiva de pérdidas y desperdicios, que lleva a pensar cómo exportarla, porque Chile poca solución dará.

Hasta ahora, hemos visto un modelo de negocios enfocado en el hemisferio norte, y con algunas excepciones en el nuestro, donde se repite solo Brasil en los “top 10” como destino de exportación. ¿Es este un modelo que permanecerá? Bueno… depende. Por ahora la respuesta está en gran medida en el desarrollo tecnológico: en agricultura, un invernadero junto a un supermercado podría hacer entregas; o en salmones, un cultivo en tierra con recirculación de agua también podría ubicarse junto a un centro logístico; en ambos casos coincidiendo con llegar al consumidor con un producto fresco y local (no importado, ojo con el efecto “patriota”).

Y, además, si desde un espacio controlado se regulan mejor patógenos, se minimizan antibióticos y el impacto medioambiental, o se mejora la eficiencia al manejar variables productivas desde un panel de control, se convierte este salmón en una opción atractiva, versus una jaula expuesta en el mar en un país lejano. Más aún, adicionando al análisis el costo de mano de obra, de la energía, aumento de vida útil y logística (producción junto al punto de venta), se añaden atractivas variables in situ a considerar.

Consumidor exigente

Para aumentar la complejidad de mantener el actual modelo, observamos que la industria avanza en la modificación genética, con salmones duplicando su crecimiento, los que difícilmente podrán cultivarse en mar. No menor es el rol de regulaciones cada vez más restrictivas, al servicio de un consumidor social y medioambientalmente exigente, sumando insumos para que nuestro salmón gire su cabeza y vea que se viene un cambio de modelo de negocios a explorar en profundidad. ¿Hacia dónde girar? Un punto a reforzar es el sentido de localía y pertenencia del chileno por el salmón en un concepto amplio, eso que hace merecida y orgullosamente que este sea un producto de origen nacional. Me refiero a rediseñar la venta en el mercado local, porque somos nosotros -chilenos de corazón- los mejores embajadores del producto, ya que cuando nos visita un comprador de un supermercado o un periodista gastronómico, el producto debe estar visible y el ciudadano común debe conocerlo.

Asimismo, invito a mirar la economía circular como motor de crecimiento para descomoditizar nuestras exportaciones, sus desechos y desperdicios; que pueden ser convertidos en productos de valor agregado (y no simplemente apilarse en vertederos); hacerse parte de remover y reutilizar el plástico del océano, y demostrar nuestro compromiso medioambiental y social al mundo. Me refiero también a mirar el emprendimiento como la fuerza local que renueva ideas, viendo en ellos una fuente de proveedores de exportación, o quienes aceleran el desarrollo de productos de mayor procesamiento o de alto valor, destinados a complementar la producción primaria.

Es el consumidor -chileno y extranjero- quien nos exige girar la cabeza hacia un modelo renovado. En el exterior, y pronto en Chile, el salmón enfrenta el abastecimiento desde nuevos frentes; ejemplo de ello es Estados Unidos, Rusia, China, donde proyectos en curso de producción de salmones en tierra podrían prescindir -si todo anda bien- de la producción en zonas clásicas como Noruega o Chile austral. El apuro está en descubrir y explotar las ventajas competitivas ante un escenario así, resaltar el capital de marca país, consolidar la reputación y empatía corporativa, mantener una industria activa con proveedores y capital humano disponibles a gran escala, un tamaño que pavimente a esta industria hacia la vanguardia tecnológica.

Pero sobre todo, debemos poner muchísimo esfuerzo en que cuando un ciudadano cualquiera del mundo piense en “salmón”, responda “¡Chile!”, porque de otra forma -si se produce en Miami, Vologda o Shanghai- la pequeñez del mercado chileno, y lo limitado del hemisferio sur como destino, nos pondrán la pista difícil. El modelo de producción, que puede que cambie hacia uno de enfoque “de” y “en el” mercado, por obvio que parezca, representa un gran desafío para el enfoque actual de nuestra industria. Para evitarlo, este salmón no debería salir de una planta sin un destacado tatuaje nacional que nos haga más competitivos.