Somos una franja angosta abrazada por el océano

En esta columna, María Paz Acuña plantea que el océano constituye uno de los principales patrimonios naturales de Chile y sostiene que su conservación requiere una institucionalidad sólida, continuidad en las políticas públicas y un compromiso ciudadano que trascienda los ciclos políticos para resguardar la biodiversidad y el desarrollo sostenible del país.

Chile se piensa a sí mismo como un país de cordillera y valle. Pero los mapas cuentan que somos más mar que tierra, miles de kilómetros de costa entre fiordos, bahías y canales. Y aun así, demasiado seguido, le damos la espalda al océano que nos define.

El mar produce buena parte del oxígeno que respiramos, absorbe el calor y el carbono que de otro modo cocinarían el planeta, y pone alimento en millones de mesas. Pero Chile es mucho más que un proveedor de servicios ambientales, nuestras aguas son refugio de decenas de especies de cetáceos, un laboratorio natural de valor científico mundial, sustento de la pesca artesanal y motor de turismo y empleo costero. Es, sin exagerar, un tesoro. Y un tesoro que no es de un gobierno ni de una empresa, es de todos.

Desde el Centro de la Tierra y el Espacio de la UAI hemos trabajado, junto a equipos interdisciplinarios, en planificación ecológica costera y zonificación del uso del borde costero. En cada proyecto confirmamos que ordenar el mar con ciencia, mapas y datos requiere tiempo, diálogo y, sobre todo, continuidad institucional. Por eso preocupa ver cómo decisiones pensadas para el largo plazo pueden detenerse de un día para otro. En marzo, más de 40 decretos ambientales quedaron en pausa, incluyendo iniciativas vinculadas a parques marinos, planes de conservación y medidas de protección para especies emblemáticas como el pingüino de Humboldt. La biodiversidad marina no puede depender del calendario político. El océano no entiende de gobiernos de turno; nosotros tampoco deberíamos hacerlo cuando se trata de cuidarlo.

La buena noticia es que Chile tiene herramientas poderosas para avanzar, el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas ya inició sus funciones y el país mantiene el compromiso de proteger el 30% de sus ecosistemas marinos hacia 2030. Pero la reciente postergación del traspaso de áreas protegidas desde CONAF al SBAP hasta marzo de 2027 nos recuerda que la institucionalidad ambiental no se consolida solo por decreto, sino requiere capacidades y presupuesto.

Seguimos tratando la biodiversidad como si pudiera esperar. Como si fuera un tema lateral, un patio trasero verde y azul, y no una condición básica para la vida y el futuro del país. Su valor no es solo ecológico sino también es evolutivo, productivo, cultural y espiritual. Por eso, ninguna ley basta si la ciudadanía permanece distante. Proteger el océano también depende de lo que valoramos, de las políticas que respaldamos y de nuestra disposición a exigir que el patrimonio natural se cuide más allá del corto plazo.

Reimaginar el océano es entender que cuidarlo no es un costo ni un freno al desarrollo, más bien es una inversión en resiliencia y futuro. Chile es más mar que tierra. Ya es hora de actuar como tal.

Revista Digital

María Paz Acuña -Ruz

Académica Centro de la Tierra y el Espacio de la Facultad de Ingeniería y Ciencias, Universidad Adolfo Ibáñez

Lo último del mes

Lo más leído

Revista Digital