La evolución que ha experimentado la salmonicultura durante las últimas décadas también ha modificado la forma en que las empresas abordan la gestión de riesgos. A los desafíos regulatorios se han sumado crecientes exigencias ambientales, sociales y reputacionales, obligando a incorporar nuevas herramientas que permitan fortalecer la sostenibilidad de las organizaciones.
En ese escenario, el compliance ha dejado de ser entendido exclusivamente como un mecanismo destinado a cumplir normas o prevenir delitos para transformarse en una metodología que busca fortalecer la gobernanza corporativa y la gestión estratégica de los riesgos.
En entrevista con Medios AQUA, la fundadora y directora ejecutiva de BTrusted, Leonor Herrera, explicó que la evolución del compliance responde a una comprensión cada vez más amplia del impacto que las organizaciones generan sobre su entorno.
«Inicialmente el compliance se entendía como ‘cumplimiento normativo’ por su traducción al español, lo que simplifica de sobremanera la extensión de esta metodología, cuyo objetivo final, más allá de ser la prevención de incumplimiento de normas, es proteger bienes jurídicos de alto impacto social”, mencionó la ejecutiva.
En este sentido, “una de sus evoluciones más recientes ha sido incorporar conocimientos provenientes de las ciencias de la conducta como fuente de información para generar estructuras y estrategias de prevención dentro de las empresas —el llamado ‘behavioral compliance’—; sin embargo, la más expansiva de sus evoluciones diría que está ligada a considerar los impactos que puede tener una actividad en los distintos grupos de interés ligados a una organización, como sus trabajadores, la comunidad, el medio ambiente, etc. Esto implica ir más allá de la idea tradicional de que los directorios sólo deben responder por los intereses de los accionistas. Creo que esa idea ya está bastante cuestionada», agregó.
Esta mirada también modifica la forma en que las organizaciones identifican y administran sus riesgos. La reputación, la relación con los territorios y la sostenibilidad del negocio pasan a formar parte de una misma conversación estratégica.
Del cumplimiento legal a una herramienta de gestión
A juicio de la especialista, «cuando dejamos de entender el compliance como cumplimiento de normas y empezamos a entenderlo como un aliado estratégico del negocio, que permite alcanzar objetivos de manera ética, logramos ver un aspecto de esta herramienta que, si se utiliza de manera correcta, puede ser un valor agregado desde distintas perspectivas; por ejemplo, puede ser usado para identificar riesgos operacionales y prevenirlos, disminuyendo pérdidas asociadas directamente al negocio».
Herrera agregó que esta evolución depende en gran medida de la visión que tenga la alta administración respecto del propósito del compliance y de su capacidad para generar negocios sostenibles en el tiempo. Asimismo, considera que las empresas también deben reflexionar sobre el legado que dejarán a través de sus decisiones, especialmente cuando sus operaciones tienen un alto impacto sobre la sociedad.
Un desafío especialmente relevante para la salmonicultura
«La salmonicultura es un sector con exposición alta en varias dimensiones al mismo tiempo: ambiental, laboral, comunitaria, reputacional internacional. Eso hace que el compliance no deba ser una isla dentro de la organización, que sólo revisa contratos o gestiona certificaciones. Tiene que estar integrado en la gobernanza ‘from the top‘, o sea con directivos que lo entiendan como parte de la estrategia, sin perder su valor y presencia dentro de la empresa, promoviendo y supervisando que los trabajadores comprendan en sus propias palabras qué se espera de ellos en términos de conducta, y qué tengan canales reales para reportar cuando algo podría atentar contra la Ley o los principios de la organización», explicó la fundadora de BTrusted.
Dentro de esa evolución, Herrera identificó una señal especialmente relevante para evaluar el grado de madurez de una organización: la autonomía que posee la función de compliance y el espacio que tiene para participar en la toma de decisiones estratégicas. En su opinión, también resulta determinante que la organización esté dispuesta a escuchar respuestas que, eventualmente, puedan generar dificultades desde el punto de vista productivo.
La confianza también forma parte del compliance
Para la entrevistada, la construcción de confianza constituye uno de los mayores desafíos para aquellas industrias cuya actividad se desarrolla directamente sobre los territorios y sus comunidades.
«En una industria donde el territorio es tan relevante: comunidades costeras, pueblos originarios, ecosistemas frágiles, el compliance no cumple sólo con tener los papeles en orden si la comunidad no confía en la empresa. Y esa confianza se construye con consistencia de acciones mantenidas en el tiempo, con respeto de los acuerdos, con escucha activa, construyendo así vínculos que perduran», mencionó.
Mirando hacia los próximos años, Herrera estima que los estándares ESG y las mayores exigencias de transparencia seguirán ampliando el alcance del compliance, aunque adviertió que estos no reemplazarán su función original. A su juicio, el desafío será avanzar hacia organizaciones donde las decisiones éticas formen parte de la cultura diaria de trabajo, incorporando herramientas provenientes de la economía conductual para facilitar que hacer lo correcto sea parte natural del funcionamiento de la empresa.
Fotografía: Leonor Herrera