La salmonicultura chilena atraviesa una etapa de transformación profunda. La consolidación de sistemas de recirculación en agua dulce, la automatización creciente en plantas de proceso, la incorporación transversal de herramientas digitales y el fortalecimiento de estándares ambientales y sanitarios han elevado significativamente el nivel de especialización requerido en cada eslabón de la cadena productiva.
Este nuevo escenario no solo exige infraestructura y tecnología de alto desempeño, sino también equipos humanos capaces de operar, analizar y gestionar procesos cada vez más complejos. En consecuencia, las personas se posicionan como uno de los principales factores estratégicos para la competitividad, sostenibilidad y proyección de la industria en el largo plazo.
A la par, la dinámica del negocio está empujando a las compañías a revisar cómo atraen, forman y retienen talento en territorios donde la competencia por perfiles técnicos es alta y las brechas pueden impactar continuidad operacional. La necesidad de robustecer competencias en seguridad, calidad, bioseguridad y eficiencia se cruza hoy con desafíos de productividad y con la incorporación acelerada de nuevas tecnologías en centros de cultivo y plantas.
En ese marco, la conversación sobre capital humano deja de centrarse únicamente en dotación y pasa a enfocarse en pertinencia: Qué se enseña, cómo se aprende y cuán alineadas están las trayectorias formativas con los requerimientos reales del trabajo. Esto incluye desde el dominio de protocolos y estándares, hasta habilidades transversales para adaptarse a cambios operacionales, asumir liderazgo y sostener una mejora continua.
Sin embargo, las empresas advierten una brecha relevante entre la formación disponible y las necesidades actuales del sector. Desde Salmones Camanchaca, el gerente de Personas, Sebastián Álamos, señala en conversación con Revista AQUA que “hoy vemos una menor disponibilidad de perfiles técnicos y profesionales especializados, especialmente a nivel regional, donde incluso han desaparecido algunas ofertas formativas. En los últimos años, la carrera de acuicultura se imparte en muy pocas universidades e institutos y, tras la crisis del Virus ISA, gran parte de esa oferta prácticamente desapareció, generando una brecha relevante entre las necesidades de la industria y la formación disponible”.
La advertencia refleja un fenómeno estructural. La reducción de programas académicos especializados, particularmente en regiones donde se concentra la producción, tensiona la disponibilidad de talento local y obliga a las compañías a reforzar sus estrategias de formación y desarrollo.
El desafío no se limita a recuperar oferta formativa, sino que también a actualizarla frente a una industria que ha incorporado de manera acelerada nuevas tecnologías. La digitalización, la automatización de procesos y el uso creciente de herramientas asociadas a análisis de datos e inteligencia artificial están redefiniendo los perfiles requeridos.
En ese sentido, Álamos sostiene que “hay un espacio importante entre la formación técnico-profesional y las demandas actuales, impulsadas por la rápida transformación digital, la automatización y todo lo relacionado con la Inteligencia Artificial, lo que exige desarrollar habilidades híbridas que combinen conocimientos técnicos operativos con competencias digitales, manejo de tecnologías y análisis de datos de forma transversal”.
Esta necesidad de perfiles híbridos marca un punto de inflexión. Ya no basta con dominar un área técnica específica, hoy se espera que los profesionales comprendan el funcionamiento integral de los sistemas productivos, interpreten información digital y participen activamente en la optimización continua de procesos.
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Fotografía: Marine Farm

