Krill antártico: el pequeño crustáceo que abre un gran debate climático

Estudio analiza el aporte del krill al secuestro de carbono y plantea desafíos para la gestión pesquera, la tecnología naval y la trazabilidad.

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El valor del krill antártico va más allá de su aprovechamiento pesquero y de su papel como alimento para ballenas, focas y pingüinos. Su participación en el transporte de carbono hacia aguas profundas añade una dimensión climática a la discusión sobre cómo gestionar este recurso, en un escenario de cambios en su hábitat y de creciente capacidad tecnológica de la flota.

Ese es el eje de “Krill antártico: infraestructura climática. Entre el cambio climático y la arquitectura naval”, estudio de síntesis elaborado por Rene Pallalever P., ingeniero pesquero e ingeniero civil industrial. El documento reúne publicaciones científicas, antecedentes de capturas y características de los buques para plantear una gestión que incorpore la función del crustáceo en el almacenamiento de carbono.

Para la cadena de valor de la harina y el aceite de krill, el análisis plantea desafíos que abarcan tanto la distribución de la actividad extractiva como la información sobre el origen de las capturas. Su propuesta es integrar la dimensión climática a las decisiones pesqueras, junto con la protección del ecosistema y las necesidades de sus depredadores.

Una ruta hacia el océano profundo

El mecanismo comienza con el fitoplancton, que fija carbono mediante fotosíntesis y luego es consumido por el krill. Una parte de ese carbono queda incorporada en sus pellets fecales: partículas compactas que pueden hundirse cientos de metros por día y transportar materia orgánica desde la superficie hacia aguas profundas.

Según la síntesis de Pallalever, el trabajo de Cavan y colaboradores, publicado en Nature Communications en 2024, estima que los pellets fecales del krill permiten secuestrar al menos 20 millones de toneladas de carbono por temporada, con un almacenamiento de al menos 100 años. A partir de la cifra de 20 millones de toneladas de carbono, el documento calcula una equivalencia aproximada de 73 millones de toneladas de CO₂.

La estimación se refiere específicamente a los pellets fecales. No incorpora otras vías asociadas al krill, como las mudas, los organismos muertos, la respiración en profundidad o su contribución a la biomasa de depredadores. Por ello, el trabajo presenta este mecanismo como una parte de una función ecológica más amplia.

Sin embargo, el carbono secuestrado por el conjunto del krill no equivale al impacto climático atribuible a su captura. La síntesis reconoce que aún falta cuantificar los pellets que los ejemplares extraídos habrían producido durante el resto de su vida, así como los efectos sobre ballenas y otros depredadores. Esa brecha es relevante para evaluar las consecuencias de la pesquería.

Presiones sobre el hábitat y las zonas de pesca

El estudio sitúa al cambio climático entre las principales presiones sobre la especie. El hielo marino constituye un hábitat importante para sus larvas, mientras que su pérdida modifica las condiciones de desarrollo. A ello se suma la acidificación, cuyos posibles efectos sobre la eclosión son abordados a partir de investigaciones previas y escenarios de emisiones.

La dimensión espacial también ocupa un lugar central. Según los antecedentes de la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA) recopilados en el documento, las capturas del Área 48 pasaron de unas 214.000 toneladas en 2010 a 624.918 toneladas en 2025, multiplicándose aproximadamente por 2,9.

La síntesis destaca que la subárea 48.1, correspondiente a la península Antártica, registró 359.266 toneladas en 2025. El volumen contrasta con el tope de 155.000 toneladas que regía hasta 2024 bajo la medida de conservación 51-07. El análisis advierte sobre la concentración de la extracción en sectores utilizados por depredadores para alimentarse.

Para Chile, el documento ofrece además una referencia sobre su participación en esta actividad. Las cifras presentadas para 2025 atribuyen al país unas 20.000 toneladas, equivalentes al 3,2% de las capturas del Área 48. Noruega y China concentraron, respectivamente, el 52,2% y el 37,0% del total.

Tecnología naval y capacidad extractiva

Otro eje del trabajo es la transformación de los sistemas de pesca. Frente al arrastre convencional, que contempla izar la red y vaciar el copo a bordo, los sistemas continuos permiten mantener la red sumergida y transportar el krill hacia la planta mediante una manguera. Esto reduce la dependencia de ciclos de captura separados.

La integración de bombeo, procesamiento y transbordo en el mar permite extender las operaciones sin regresar a puerto. El autor vincula estas capacidades con la necesidad de evaluar dónde y durante cuánto tiempo se concentra el esfuerzo pesquero, además de considerar el volumen total extraído.

Para ilustrar la capacidad potencial, presenta un ejercicio con 12 buques que capturan 600 toneladas diarias cada uno: bajo esos supuestos, bastarían unos 86 días efectivos para alcanzar 620.000 toneladas. Se trata de un modelo ilustrativo, que excluye tránsito, condiciones meteorológicas y búsqueda de concentraciones de krill, y no de una descripción del desempeño real de toda la flota.

Gestión y trazabilidad para la cadena de valor

Las recomendaciones incluyen restablecer una distribución espacial vinculante de las capturas, proteger zonas de alimentación de depredadores y condicionar cualquier aumento del nivel de extracción a evaluaciones de riesgo y seguimiento. También se propone avanzar en áreas marinas protegidas e incorporar el secuestro de carbono a las evaluaciones del ecosistema.

Para los compradores de harina y aceite de krill, el documento plantea exigir trazabilidad espacial de las capturas. A ello añade una mayor observación científica, monitoreo electrónico y estándares de eficiencia energética para la flota.

La propuesta de Pallalever es gestionar al krill como infraestructura climática: un componente vivo que conecta la productividad superficial con el almacenamiento de carbono en profundidad. Llevar esa visión a la práctica requiere mejorar la información disponible y considerar conjuntamente el estado del hábitat, la distribución de la pesca y las funciones ecológicas del recurso.

Fotografía referencial: INACH

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